Prologo
Temporada 2:
Hijos del Cromosoma.
El frío calaba hasta los huesos pero las vacaciones apenas comenzaban, navidad estaba próxima y los tamales de todas las posadas en Residencial Los Robles estaban deliciosos. Rubén había entrado a un grupo de la capilla de su colonia, después de tantas insistencias de su mamá terminó siendo parte junto con su hermana Mónica. En total eran 10 integrantes y aunque, al principio el grupo no era coro, cuando esto cambió a Rubén no le pareció mucho pero al final le tomó gusto al canto aunque lo hacía bastante mal.
La navidad se acercaba, las personas salían a las calles de la ciudad para hacer sus compras. Reían, jugaban, se peleaban, compraban, consumían. Se perdían. Todo esto lo veía Powerman mientras caminaba por las calles sin usar su disfraz ni poderes. De algún modo las personas realmente no le daban el sentido a la navidad tal cual era ¿Por qué pensaba ahora esto? Quizá por estar en aquél grupo en el que recibía una evangelización pero si hacía memoria, esto era que venía de más atrás en su pasado, cuando era catequista. Una extraña presencia se sentía entre las multitudes pero era muy lejos de ser similar a la presencia de algun instrumento de poder o "cromosoma" como Rubén los había llamado.
Si se suponía que en Navidad se celebrara el nacimiento de Cristo ¿Por qué la gente se hacía regalos entre ellos? ¿Quién es el viejo gordo vestido de rojo? La presencia estaba mas cerca, quizá no entre la multitud sino en su propia consiencia, en su mente, algo se aproximaba. Y la historia de la navidad no era algo que la mayoría desconociera, la gran mayoria de las personas sabían qué era la navidad ¿Por qué la celebraban como si no? Esa presencia estaba a un lado suyo. Los comerciales de televisión y radio, daban reflexiones sobre la amistad y el amor tratando de darle ese sentido a la navidad pero esas reflexiones eran ahogadas por el insensable bombardeo de ofertas. La gente compraba y él estaba delante de Rubén.
su vestimena negra estilo oriental lo hacía ver un tanto lujoso y a la vez bastante sencillo, el diseño de la ropa era atractivo. Contrastaba con su piel blanca, casi pálida y remataba en el realce de sus ojos rojos como el fuego. Su cabello negro, lacio, caía hasta sus hombros y hacía ver su mirada aun más indiferente. Miraba a Rubén como si le debiera algo y ya estuviera cansado de cobrarle — Yo también cumplo años hoy ¿Qué problema tienes con ello? — Su voz era familiar, pareciera que nadie más lo veía pero nadie topaba contra él — ¿Quién eres? — preguntó Rubén — Si, soy ese... ese nombre en el que piensas, ese nombre que estas leyendo en tu mente, soy como quieras llamarme, no importa... soy yo y si ese nombre me pusiste a ese nombre responderé para que sepas que realmente soy quien soy... ¿Ya reconoces mi voz? — y Rubén tenía el nombre de aquel ser en su mente, siempre lo supo, solo que nunca lo había visto fisicamente, conocía su voz, lo conocía a él. Kokusho. La voz tentadora detrás de casi todos los pecados — Si Dios tubo un hijo para salvar a la humanidad ¿Qué te hace pensar que el mismismo demonio no copiaría su estrategia? — Rubén miró alrededor, las voces de las personas preguntado por precios, pagando, reclamando, silencios que ignoran las necesidades, niños pidiendo pan, ancianas cruzando la calle solas, personas empujandose entre ella, peleando por los articulos, rompiendolos, sus ojos llenos de lujuria y sobervia viendo tras los cristales de los aparadores en locales llenos de trampas, astutos vendedores, chuchita bolseada y un niño, por ahí tirado en el suelo, tratando de mirar a todos a los ojos pero nadie lo ve a él, le sacan la vuelta — Dios tubo un hijo — habló Kokusho mientras se ponía a un lado de Rubén — es muy popular, pero yo lo soy un poquito mas — Y desapareció.
Rubén caminó hacía donde había visto al niño pero este ya no estaba, se quedó inmovil un momento y decidió regresar a su casa.
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